sábado, 21 de diciembre de 2013

El París de antaño

Si han de concederme un deseo, pediría -aunque les parezca que peco de osada o que la altanería ha llegado al máximo punto de ebullición en  mí- formar parte de la pléyade de escritores del París de antaño.

Estoy segura que mi deseo les ha causado risa, pero esto es lo último que intento hacer. Sólo expreso un melifluo deseo que hace poco tocó a mi puerta, osada y libremente se instaló y ya hasta bandera plantó. Díganme, ¿cómo luchar en su contra entonces? La respuesta es evidente.

Es obvio que no comprenden la intensidad de mi deseo, incluso me tomo el atrevimiento de afirmar que este es totalmente superfluo ante sus ojos. Pero ya saben lo que dicen: ¡Soñar no cuesta nada!... ¡Mentira! Sí cuesta, en ocasiones mucho en ocasiones poco, pero cuesta. Y tal vez se pregunten cuánto me ha costado a mí este deseo -literalmente- imposible. Pues bien... Me ha costado una tortura, una lucha frente al espejo con mi reflejo, que me grita -como la mayor de las burlas- que el ''París de antaño'' ya no existe, que se marchó arrastrando consigo todo lo que le pertenece.
Y pese a todo sigro creyendo que: ¡Soñar no cuesta nada!


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